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En los últimos años, un detalle que parecía menor en las ciudades ha empezado a llamar la atención de expertos y ciudadanos, el cambio en la iluminación de las calles y espacios públicos.
Donde antes predominaban las luces cálidas, de tonos ámbar que daban una sensación de tranquilidad en la noche, hoy dominaban las luces blancas o azuladas, asociadas con la modernidad y la eficiencia.
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Este tipo de iluminación, común en oficinas, hospitales, escuelas y sistemas de transporte, se ha convertido en el estándar en muchas ciudades del mundo. Sin embargo, especialistas advierten que el cambio no solo es estético o tecnológico, sino que también podría tener efectos en el bienestar de las personas.
En los últimos días incluso se ha popularizado en redes sociales la idea de que el mundo se siente más frio o más gris. Para algunos, la iluminación blanca contribuye a esa percepción de ambiente más impersonales y menos acogedores. La luz cálida, en contraste, suele asociarse con el hogar, el descanso, el fuego o las velas, elementos que evocan calma y cercanía.
Más allá de la sensación. la ciencia también ha estudiado el impacto de la iluminación en el organismo. Diversos estudios indican que entre la luz blanca a azulada pueden mantener el cerebro en estado de alerta, ya que imita la luz del día. Esto puede afectar la producción de melatonina, la hormona que regula el sueño, dificultando que el cuerpo identifique cuando es el momento de descansar.