La violencia contra la prensa es uno de los obstáculos más persistentes, con una intensificación marcada por la acción de grupos armados. La FLIP documentó 536 agresiones contra la prensa en 2024, convirtiéndolo en el año más violento de la última década. La consecuencia directa es la autocensura: el 65 % de los encuestados trabaja bajo presión o silenciamiento, y el 41 % evita ciertos temas por miedo. Las amenazas directas, la estigmatización y la obstrucción al trabajo periodístico son comunes. Además, las violencias más graves, como las agresiones físicas, el desplazamiento forzado e incluso las tentativas de homicidio (como la sufrida por el periodista Gustavo Chicangana en Guaviare), confirman que informar sigue siendo un acto de valentía que convive con el riesgo permanente en el territorio.
La fragilidad económica se ha profundizado; el 75 % de los proyectos periodísticos afirma que sus ingresos no cubren los costos de operación. La publicidad (73 %), los recursos propios (62 %) y la pauta oficial (42 %) son las fuentes de financiamiento más comunes. Esta dependencia convierte a los medios en una presa fácil de los poderes políticos. La pauta oficial es frecuentemente utilizada como una forma de cooptar las agendas editoriales, comprando lealtades y normalizando el silencio, pues la crítica puede llevar a la amenaza de retirar los recursos. Un periodista de La Guajira ilustra la autocensura al admitir que evita hablar de minería para no herir susceptibilidades de su principal anunciante, Cerrejón.
Tomado de: https://www.eltiempo.com/
La sostenibilidad económica se complica con presiones externas adicionales: en lugares como Buenaventura y Tuluá, la extorsión de bandas criminales desalienta a los comercios locales a pautar, aumentando la precarización. Por ende, la búsqueda de fórmulas de financiamiento no es solo una cuestión de supervivencia empresarial, sino un requisito para garantizar la libertad de expresión. A pesar de estar acorralado por la inseguridad, la precariedad y la presión política, el periodismo local persiste. Lejos de un vacío absoluto, el ecosistema se mantiene en tensión gracias a la tozudez, el ingenio y la creatividad de nuevos actores y periodistas que luchan por asegurar el acceso a la información confiable en las regiones.